Participamos en la 31 Conferencia d’Economia REAS Aragón, en Zaragoza

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El 3 de junio, nos invitaron a participar en la 31.ª Jornada de Economía de REAS Aragón, celebrada en Zaragoza, que se centró en la tecnología, el software libre, la soberanía digital, los datos, etc. REAS Aragón ha elaborado un resumen de la sesión que, con su permiso, hemos traducido (al catalán y al inglés) y compartimos aquí.

 

La tercera y última jornada de las XXXI Jornadas de Economía de REAS Aragón trasladó la reflexión hacia un ámbito cada vez más presente en nuestras vidas, aunque a menudo permanezca invisible: la tecnología. Bajo el provocador título “Matrix cooperativo: elegir la pastilla del software libre, los datos comunes y la soberanía digital”, la sesión reunió a Mónica Garriga, de SomosNube Coop; Isabel Sea, de Dabne Tecnologías de la Información; y Alicia Tires, de la campaña No es sequía, es saqueo.

La conversación partió de una constatación sencilla, pero inquietante: gran parte de nuestras comunicaciones, nuestros datos y nuestras relaciones digitales dependen de unas pocas grandes empresas tecnológicas. Aplicaciones que utilizamos a diario para trabajar, organizarnos, informarnos o relacionarnos parecen herramientas neutras y accesibles, pero detrás de ellas se encuentran corporaciones con un enorme poder económico, político y cultural.

Las ponentes invitaron a mirar más allá de la comodidad de estas plataformas para preguntarnos quién controla realmente los espacios digitales que habitamos. La cuestión no se limita a la privacidad o a la protección de datos personales. También afecta a la capacidad de las sociedades para decidir sobre infraestructuras cada vez más esenciales para la vida cotidiana.

La concentración de poder en manos de las grandes tecnológicas supone una pérdida de autonomía colectiva. Cada mensaje, cada documento almacenado, cada interacción digital alimenta modelos empresariales basados en la extracción de datos y en la generación de dependencia tecnológica. Un poder que, en muchos casos, opera con una capacidad de influencia superior a la de numerosos estados y que plantea desafíos cada vez mayores para la calidad democrática.

Desde esta perspectiva, la soberanía digital apareció como una cuestión profundamente política. No se trata únicamente de elegir unas herramientas u otras, sino de preguntarnos qué modelo de sociedad estamos sosteniendo con nuestros hábitos tecnológicos.

La Economía Social y Solidaria, señalaron las participantes, no puede permanecer ajena a este debate. Del mismo modo que cuestiona los modelos dominantes de producción, consumo o financiación, también debe reflexionar sobre las tecnologías que utiliza y sobre las dependencias que estas generan.

Antes de adoptar cualquier herramienta, se propuso recuperar una pregunta básica: ¿Qué necesidades queremos cubrir realmente? A menudo incorporamos plataformas digitales sin analizar si responden a necesidades propias o si simplemente reproducen inercias tecnológicas que nos hacen cada vez más dependientes.

Frente a ello, se reivindicó la importancia de incorporar herramientas de software libre, tecnologías éticas y modelos cooperativos de gestión digital. Soluciones que permiten recuperar capacidad de decisión, aumentar la transparencia y reducir la dependencia de grandes corporaciones.

Lejos de una visión fatalista, las ponentes insistieron en que las alternativas existen. Existen plataformas cooperativas, servicios gestionados desde la economía social y proyectos tecnológicos construidos desde principios de democracia, transparencia y cuidado. La cuestión es generar el conocimiento, la voluntad y las redes necesarias para utilizarlos.

También se destacó la importancia de diversificar los espacios donde almacenamos información, nos comunicamos o generamos conocimiento. Concentrar toda nuestra actividad digital en unas pocas plataformas implica asumir riesgos colectivos que muchas veces pasan desapercibidos.

La reflexión sobre la soberanía tecnológica se amplió con la intervención de Alicia Tires, quien trasladó el debate al territorio aragonés y a las consecuencias materiales de la expansión de la economía digital.

Desde la campaña No es sequía, es saqueo se presentó un análisis del crecimiento exponencial de los centros de datos en Aragón y de los impactos socioambientales asociados a este proceso. Una expansión impulsada por políticas institucionales que buscan atraer inversiones vinculadas a la economía digital, pero cuyos costes recaen sobre los territorios y los recursos naturales.

La intervención permitió visibilizar una realidad que con frecuencia permanece oculta tras la aparente inmaterialidad de internet. Cada fotografía almacenada en la nube, cada búsqueda o cada servicio digital depende de enormes infraestructuras físicas que consumen energía, agua y territorio.

Los centros de datos representan una de las caras menos visibles de la digitalización acelerada. Su proliferación plantea interrogantes sobre el uso de recursos comunes, la planificación territorial y los impactos ambientales de un modelo tecnológico que suele presentarse como inevitable.

La sesión puso de manifiesto que hablar de tecnología es también hablar de democracia, de recursos naturales y de justicia social. Las decisiones sobre cómo nos comunicamos, dónde se almacenan nuestros datos o qué infraestructuras se construyen en nuestros territorios tienen consecuencias que trascienden el ámbito técnico.

Como cierre de las jornadas, esta última mesa sirvió para ampliar la mirada sobre los desafíos contemporáneos. Si el primer día se habló de construir esperanza activa frente al desánimo ecosocial y el segundo de reforzar las redes de apoyo mutuo para afrontar la precariedad, el tercero recordó que la transformación también pasa por recuperar capacidad de decisión sobre los entornos digitales que habitamos.

Elegir la «pastilla del software libre» no apareció como una cuestión meramente tecnológica, sino como una invitación a cuestionar dependencias, redistribuir poder y construir alternativas coherentes con los principios de la Economía Social y Solidaria.

Porque la soberanía, también en el ámbito digital, no consiste únicamente en resistir. Consiste en crear las condiciones para decidir colectivamente cómo queremos organizarnos, comunicarnos y vivir.